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El zA?calo se convirtiA? en el lugar perfecto para darle vida a los muertos

En la Plaza de la ConstituciA?n, en donde miles de personas que salieron de sus oficinas enmudecieron despuA�s del sismo del 19 de septiembre pasado, tratando de saber, de adivinar, los alcances del movimiento telA?rico, se reunieron los de aquA� y los de allA? para mover las caderas, agitar la cabeza y cantar.

Se recordA? con admiraciA?n a las miles de personas que buscaron arrancar de la muerte a la vida entre los escombros de edificios colapsados, a los que llevaron comida, ropa u ofrecieron cuA?nto pudieron para ayudar al otro, en actos que hincharon de orgullo a los nuevos habitantes de esta ciudad, y tambiA�n a quienes la fundaron.

Miles de historias se unieron entonces en un abrazo para tratar de arrancar el mayor nA?mero de vidas a a�?La Huesudaa�?, y mucho se logrA?. En el ZA?calo hubo hoy sombras de rescatistas que perdieron la vida tras salvar a otros, de niA�os que vestA�an de uniforme y llevaban su mochila al hombro, de mujeres y hombres jA?venes y viejos que hablaron de luz.

Los que van al otro lado, y luego regresan, no temen a la muerte. a�?La semilla debe caera�?, dijo el alma de un maestro que pasaba por ahA�, porque sin semilla no hay flor.

Y en la rueda de la vida, aA�adiA?, hoy soy tu hijo y maA�ana tu madre, o tu vecina. Vamos juntos cambiando los vestidos, estrenando caras y cuerpos, en un sinfA�n de tiempos y lugares. Hoy, bailaron todos juntos hasta el cansancio, porque el baile es una meditaciA?n que acerca a Dios, y nos habla de eternidad. No empezaba el desfile en la Estela de Luz y la Plaza de la ConstituciA?n ya estaba de fiesta.

El papel picado en negro, blanco, naranja y morado se dispuso a manera de techo.

Quienes llegaron vestidos de catrinas, monstruos, duendes, Freddy Krueger, zombies, hombres lobo, Chucky y otros personajes eran las delicias de los visitantes. Ataviada a manera de un camposanto enorme, en la plancha del ZA?calo no faltA? la mA?sica. Los menores apretaban la mano de sus padres.

No era para menos. La pinta de muchos personajes los asustA?. Al lado de la Catedral, los concheros y sus bailes de fuego y copal.

Casi nadie lo sabe, esperan con razA?n el despertar de su raza de cobre.

Entre ellos hay chamanes, curanderos, que van y vienen del otro lado, que viven con un pie acA? y otro allA?, por eso les llaman «cojos».

El cielo casi desnudo de nubes poco a poco va dando paso a la noche, y se encienden las luces para alumbrar a las almas, permiso en mano, que vuelven a pasear por aquellos lugares que una vez llamaron suyos.

 

RedacciA?n unomA?suno

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D.R. unomA?suno, UTV 2017